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Noticias Innovación IA6 de febrero de 2026Por Sergio Jiménez Mazure

La guerra por la infraestructura de Inteligencia Artificial en 2026

La guerra por la infraestructura de Inteligencia Artificial en 2026

Hace años, en una sala de juntas bastante más fría de lo que debería, un gerente me dijo con absoluta convicción: “La IA es interesante, pero aquí no hay presupuesto para experimentos”. Lo cierto es que no estaba hablando de IA; estaba hablando de miedo. Miedo a equivocarse, a quedar en ridículo, a invertir en algo que no se ve. Hoy esa excusa se derrite como hielo en el asfalto, porque el mercado acaba de poner un número brutal encima de la mesa: para 2026, Amazon, Google (Alphabet), Meta y Microsoft proyectan inversiones en infraestructura de Inteligencia Artificial que ya no se miden en “millones para innovación”, sino en 650.000 a 670.000 millones de dólares. Es una cifra que, en cualquier otro contexto, sonaría a delirio. En este, suena a plan.

Para dimensionarlo sin caer en la grandilocuencia: estamos hablando de una inversión que compite con el tamaño de economías completas y que equivale a más del 25% del CapEx total del S&P 500. Es decir, no es “tecnología”; es infraestructura industrial a escala planetaria. Ya no es el típico ciclo de “invertimos en software, contratamos talento y probamos”. Ahora el músculo está en activos físicos, energía, logística de cómputo y control de la cadena de suministro. Como si hubiéramos pasado, en un pestañeo, de discutir interfaces a discutir centrales eléctricas.

Y aquí viene lo interesante: estas cifras no llegan en un momento de euforia inocente, sino en un contexto donde Wall Street aplaude con una mano y con la otra revisa la cuenta. Basta ver las reacciones bursátiles recientes —caídas fuertes tras anuncios de CapEx— para entender que la conversación cambió. Los inversores, que antes premiaban el “crecimiento a toda costa”, ahora quieren una cosa incómoda: retorno. Por tanto, este récord no solo marca ambición tecnológica, también marca una apuesta estratégica de supervivencia. Porque cuando cuatro compañías con ingresos agregados de 1,62 billones de dólares deciden quemar una parte relevante de su caja en IA, el mensaje es claro: o te conviertes en la carretera… o pagas peaje para siempre.

Suelo comentar que la historia no se repite, pero rima. En la fiebre del ferrocarril se construyó demasiado, demasiado rápido, y muchos se arruinaron; pero el país cambió para siempre. En la burbuja puntocom se financió humo, sí, pero también se sembró el Internet que hoy damos por sentado. Ahora estamos frente a otra rima histórica, solo que esta vez el “territorio” que se disputa no es una web ni una app: es la capacidad de cómputo que alimenta modelos, productos y decisiones. Y como en el ajedrez, el que domina el centro del tablero obliga al resto a jugar defensivo.

La Inteligencia Artificial dejó de ser una promesa tecnológica: se convirtió en una batalla por infraestructura, caja y tiempo.

¿Es esto una genialidad estratégica o el prólogo de una resaca monumental? En la práctica, ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. Hay olor a “carrera armamentista” —con presupuestos que parecen de defensa nacional— y también hay una realidad innegable: la demanda de IA generativa existe, crece, y consume recursos como una flota en alta mar consume combustible. La ironía es buena: pasamos una década predicando lo “digital”, y ahora lo que manda es lo más físico posible: ladrillo, energía, silicio y metal. Hablar de futuro es fácil cuando alguien más paga la factura.

Como diría Asimov, el problema no es que las máquinas piensen como humanos, sino que los humanos pensamos cada vez más como máquinas: en Excel, en trimestres, en “capex versus opex”. Sin embargo, este récord de inversión no es un dato para coleccionar en una diapositiva; es una señal de mercado. Una señal que nos obliga a replantear qué significa competir, qué significa depender, y qué significa “innovar” cuando el piso mínimo de entrada se mide en cientos de miles de millones.

Si en el punto anterior la cifra parecía un meteorito, ahora toca mirar el cráter y entender quién lo provocó. Porque estos 650.000 a 670.000 millones no son un “plan conjunto” escrito en una servilleta en Davos. Son cuatro estrategias distintas que convergen en lo mismo: controlar la infraestructura de Inteligencia Artificial antes de que la infraestructura te controle a ti. Y aquí vale una metáfora política que me gusta poco, pero funciona: no están construyendo una carretera; están diseñando el peaje, poniendo las garitas y comprando el terreno alrededor.

Amazon: el CapEx más grande de una sola firma y la obsesión por no depender

En mi caso, cada vez que una empresa me dice “no queremos depender de terceros”, suelo responder con una pregunta incómoda: “¿Y de quién dependes hoy sin darte cuenta?”. Amazon parece haber respondido eso con un número indecente: se habla de 200.000 millones de dólares en 2026, un salto cercano al +60% frente a 2025. El mensaje de Andy Jassy es bastante transparente: si AWS quiere seguir siendo el motor, necesita más capacidad, más disponibilidad… y más control del stack.

La jugada no es solo “más data centers”. Es reducir la exposición a un único proveedor de silicio (ya sabes cuál), empujar chips propios para IA, y ampliar infraestructura para clientes que pagan bien y exigen más: empresas grandes y sector público. Y en paralelo, la cereza del pastel: la negociación para invertir hasta 50.000 millones en OpenAI. Lo irónico —y casi poético— es que Amazon, que históricamente fue “la tienda”, hoy se juega su futuro en ser “la fábrica” donde otros entrenan cerebros digitales. Eso sí: fábrica con márgenes de nube, no con márgenes de supermercado.

Alphabet (Google): duplicar la apuesta aunque a Wall Street le dé urticaria

Google, por su parte, está en una posición curiosa. Tiene talento, tiene modelos, tiene producto, y aun así debe correr como si llegara tarde. Los analistas ya hablan de 175.000 a 185.000 millones para 2026, prácticamente una duplicación frente a 2025. Y lo cierto es que a algunos inversores esto les suena a “demasiado cemento para una idea”, porque ven el CapEx como una promesa de retorno diferido y, por tanto, como un riesgo.

Pero Google juega a otra cosa: proteger su negocio principal (búsqueda y publicidad) en un mundo donde la respuesta ya no será un listado de enlaces, sino una conversación. Además, Google Cloud necesita músculo real para pelear en el barro con AWS y Azure. A la hora de mirar su estrategia, yo la resumiría así: invertir para sostener relevancia. No es tan romántico como “cambiemos el mundo”, pero es mucho más honesto.

Meta: publicidad financiando “superinteligencia” (sí, así lo llaman)

Meta proyecta alrededor de 135.000 millones en 2026, con crecimientos del +73% al +87% según el punto de comparación. Y aquí hay una paradoja deliciosa: una de las mayores apuestas por la “superinteligencia” sale de la caja registradora de anuncios. Zuckerberg ha montado Superintelligence Labs y quiere clusters internos de IA como quien arma un ejército privado. En ajedrez, sería el jugador que sacrifica piezas menores para dominar el centro, aunque el público no entienda el sacrificio hasta diez jugadas después.

Meta no solo invierte; está cambiando la proporción entre gasto “invisible” (personas, investigación) y gasto “duro” (infraestructura). Eso les da velocidad, pero también los encadena a un hecho incómodo: si el negocio publicitario se resfría, esta maquinaria tose. Por tanto, Meta está apostando a que la IA no será una línea más del P&L, sino el nuevo motor del engagement y, en consecuencia, de la facturación.

Microsoft: Azure, OpenAI y la factura que no perdona

Microsoft completa el póker con un rango estimado de 105.000 a 150.000 millones (año fiscal), creciendo entre +41% y +66%. En su caso, la tesis es menos filosófica y más empresarial: Azure crece, la demanda corporativa se acelera, y su alianza con OpenAI no se sostiene con buenas intenciones, sino con centros de datos y hardware que cuestan una fortuna. Además, cuando tu promesa comercial es “IA en Office, IA en seguridad, IA en todo”, no puedes darte el lujo de quedarte sin capacidad. Sería como prometer agua en medio del desierto y llegar con un vaso.

En esta carrera, el que llegue segundo no recibe medalla: recibe factura. Y normalmente, con intereses.

Si uno mira el mapa completo, se entiende por qué los llamaron “los cuatro jinetes”. Cada uno cabalga con su propio motivo: Amazon quiere independencia y escala, Google quiere defender relevancia, Meta quiere convertir atención en ventaja tecnológica, Microsoft quiere convertir adopción corporativa en estándar de facto. Distintos imperios, misma guerra. Y como en cualquier guerra, lo que se anuncia son las victorias; lo que se esconde son los costes reales. Porque invertir es fácil cuando el cash flow acompaña. Lo difícil viene después: demostrar que no fue solo músculo, sino estrategia.

La infraestructura que habilita la IA generativa: centros de datos, energía, GPUs y chips propios

Lo anterior deja una idea incómoda, pero necesaria: la Inteligencia Artificial ya no se gana con “tener el modelo más simpático”, sino con tener el suelo donde ese modelo vive. Y ese suelo se llama infraestructura. A la hora de hablar de IA generativa, mucha gente imagina pantallas, prompts y resultados casi mágicos. En la práctica, lo que hay detrás se parece más a una campaña militar de logística que a un laboratorio romántico de matemáticos tomando café: centros de datos que parecen ciudades, redes que deben aguantar tormentas de tráfico, y una pelea diaria por un recurso que antes era “commodity” y ahora es estratégico: energía.

Suelo comentar que un modelo generativo no “corre” en la nube, se alimenta de la nube. Entrenar, ajustar y servir modelos implica mover y almacenar volúmenes grotescos de datos, mantener GPUs funcionando 24/7 y garantizar tiempos de respuesta que, en productos de consumo masivo, se miden en milisegundos. Esto no es un detalle técnico; es el corazón del negocio. La IA generativa, a diferencia del software tradicional, castiga la improvisación: si no tienes cómputo, no hay producto; si no tienes energía estable, no hay cómputo; si no tienes refrigeración y operación impecable, no hay disponibilidad. Y si no hay disponibilidad, el usuario se va sin despedirse, que es como se va el dinero.

Centros de datos: el “territorio” real de la Inteligencia Artificial

En consultoría me pasa algo curioso: cuando hablo con líderes de negocio y digo “data center”, muchos siguen imaginando una sala con racks y un técnico con llaves. Hoy un centro de datos para IA aplicada es más parecido a un puerto marítimo: llega energía, llegan equipos, llega fibra óptica, llega seguridad física, llegan contratos de mantenimiento… y todo tiene que coordinarse. No basta con construir más; hay que construir donde se pueda conseguir energía, conectividad y permisos, y hay que hacerlo rápido. Por eso vemos a estas compañías comportándose como viejos imperios: asegurando territorios, rutas y suministros.

Además, la escala cambia el juego. Un despliegue serio de IA generativa no se resuelve con “unas cuantas instancias en la nube”; requiere clusters enormes, redundancia, balanceo y capacidad para picos de demanda que son impredecibles. El resultado es que el CapEx no se va solo en “hierro”: se va en terrenos, construcción, redes, seguridad, sistemas de refrigeración y operación continua. Lo más irónico es que, después de años vendiéndonos la idea de que “todo es virtual”, la ventaja competitiva vuelve a ser brutalmente física: cemento, cobre y kilovatios.

Energía: el cuello de botella del que casi nadie quiere hablar en marketing

La conversación pública se llena de modelos, pero los directorios hablan de energía. Porque el costo energético ya no es un renglón escondido; es un factor estratégico. A mayor demanda de Asistentes de IA y herramientas generativas, mayor consumo. Y cuando el consumo sube, la discusión deja de ser tecnológica y se vuelve política: acceso a redes, acuerdos con proveedores, capacidad de expansión, y resiliencia ante apagones o restricciones. He visto proyectos de transformación digital tambalear por cosas mucho más simples que la energía. Imagínate, entonces, lo que ocurre cuando tu promesa de valor depende de operar un pequeño país de servidores sin interrupciones.

La IA generativa no compite solo por usuarios; compite por vatios, por espacio físico y por continuidad operativa.

GPUs de última generación: el “armamento” de esta guerra silenciosa

Si la energía es el combustible, las GPUs son el armamento. La demanda por hardware de alto rendimiento (sí, las familias más recientes de Nvidia, y las siguientes que ya vienen en camino) no es un capricho de ingenieros. Es la diferencia entre entrenar en semanas o en meses, entre servir millones de consultas o colapsar en hora pico. En la práctica, la disponibilidad de GPUs define quién puede innovar rápido y quién debe esperar turno. Y en esta industria, esperar turno es como quedarte sin municiones a mitad de batalla.

Por eso se invierte en asegurar suministro, en contratos a largo plazo y, sobre todo, en no quedar atado a una sola tienda. Seth Godin decía que cuando algo se vuelve demasiado común deja de llamar la atención; aquí pasa al revés: cuando un recurso se vuelve escaso, se vuelve poder. Y hoy el cómputo no es abundancia, es poder.

Chips propios: autonomía tecnológica para no pagar peaje eterno

El movimiento hacia chips personalizados no es un hobby de Silicon Valley; es una respuesta directa a la dependencia y al margen. Amazon empuja silicio propio para IA, Google tiene su linaje de TPUs y Microsoft también juega su partida. ¿Por qué? Porque cuando tu producto depende de un componente crítico que otro controla, estás condenado a negociar desde la necesidad. Y negociar desde la necesidad es el deporte favorito de cualquier proveedor dominante.

Diseñar chips propios tiene costos enormes y riesgos evidentes. No es literatura; es ingeniería dura. Pero la recompensa es estratégica: optimizar rendimiento para cargas específicas, reducir costos por inferencia, y tener más previsibilidad en la cadena de suministro. Como en los viejos imperios navales —y aquí me permito la metáfora—, no basta con tener barcos; necesitas astilleros. Quien tenga astilleros decide el ritmo de la guerra. Quien no, compra barcos cuando puede… y al precio que le pongan.

En resumen: centros de datos, energía, GPUs y chips propios no son “partes del stack”. Son el stack. Y cuando escuches hablar de nuevos modelos y capacidades asombrosas, recuerda lo básico: detrás de cada respuesta elegante hay una infraestructura industrial que cuesta miles de millones, consume electricidad como si no hubiera mañana y exige una operación impecable. Lo demás es narrativa. Y de narrativa, ya estamos saturados.

Riesgos de la carrera por la IA: burbuja tecnológica, cuellos de botella y concentración de poder

Hasta aquí, la épica. Ahora, la parte que suele incomodar en presentaciones con fondos oscuros y tipografía futurista: esta carrera tiene riesgos serios. No porque la IA sea “una moda”, sino porque cuando se mezclan promesas enormes, presión competitiva y chequeras sin paciencia, aparecen los excesos. Y cuando aparecen los excesos, el mercado —tarde o temprano— cobra.

El primer riesgo es el más conocido: el olor a burbuja. No una burbuja de “la IA no sirve”, sino una burbuja de expectativas y valuaciones donde se asume que todo gasto se convertirá en ventaja permanente. La historia nos ha enseñado que no toda autopista genera el tráfico que se proyectó en Excel. Se puede invertir bien y aun así llegar demasiado temprano. O se puede invertir demasiado y descubrir que el retorno es mediocre durante más años de los que el CFO está dispuesto a tolerar.

El segundo riesgo es el más operativo: los cuellos de botella. GPUs, capacidad energética, permisos, agua para refrigeración, talento para operación 24/7, cadenas de suministro tensionadas y plazos que se alargan. El “cloud infinito” no existe cuando te topas con normas locales, limitaciones de red y contratos de energía que tardan meses (o años) en firmarse. Por eso, cuando escuches a un gigante anunciar un nuevo supercluster, recuerda que entre el anuncio y la realidad hay cemento, burocracia y problemas muy poco glamorosos.

El tercer riesgo es político y económico: concentración de poder. Si cuatro compañías definen los estándares de infraestructura, el acceso al cómputo, el precio por inferencia y hasta las condiciones de uso, el resto del mercado —incluidas empresas de países pequeños— queda en modo “usuario en plataforma ajena”. Y vivir en plataforma ajena es vivir con reglas que no escribiste. Es la versión moderna del “arrendatario digital”: pagas por existir, y pagas más si creces.

En este escenario, el equilibrio es delicado. Sí, la inversión acelera innovación, baja costos con el tiempo y democratiza acceso. Pero también puede crear dependencia estructural y barreras de entrada casi insalvables para competidores más pequeños. En otras palabras: la IA puede convertirse en una utilidad global… controlada por muy pocos. Y cuando la utilidad la controlan pocos, la negociación no es negociación: es tarifa.

La pregunta no es si habrá infraestructura de IA; la pregunta es quién pone las reglas del acceso y a qué precio.

Impacto para empresas y Latinoamérica (Ecuador): oportunidades prácticas para adoptar Inteligencia Artificial sin CapEx millonario

Con lo cual, después de hablar de logística, energía y silicio, llega la pregunta que de verdad importa si estás en Ecuador (o en cualquier país de Latinoamérica): ¿y yo qué hago con esta guerra de imperios si no tengo 200.000 millones en el cajón? Porque una cosa es mirar el desfile de portaaviones desde el malecón, y otra es decidir cómo sobrevives —y compites— con tu propio barco. Y aquí va mi postura, sin anestesia: esta inversión récord en Inteligencia Artificial no es una mala noticia para las empresas pequeñas y medianas. Es, más bien, la confirmación de que la infraestructura se va a comoditizar… pero el criterio estratégico no. La capacidad de cómputo será más accesible. La ventaja estará en saber qué pedirle, con qué datos y para qué proceso.

En mi caso, cuando acompaño a organizaciones en IA aplicada, casi siempre encuentro el mismo patrón: se obsesionan con el modelo y subestiman el oficio. El oficio es gobernanza de datos, rediseño de procesos, adopción interna y medición de impacto. Si hoy los “cuatro jinetes” están construyendo autopistas de cómputo, tú no tienes que construir la autopista; tienes que escoger por dónde entras, qué cargas llevas y cómo cobras por esa ventaja. Eso es estrategia, no tecnología.

¿Qué oportunidades concretas se abren para Ecuador? Varias, y bastante terrenales:

  • Comprar músculo sin comprar fierros: aprovechar un partner cloud (AWS, Google Cloud, Azure) para escalar Asistentes de IA y automatización sin inmovilizar capital. Para muchas empresas, pasar de CapEx a OpEx es el único camino razonable.
  • Especializarse donde sí podemos ganar: en vez de pretender “crear el próximo ChatGPT”, construir soluciones en verticales donde Ecuador tiene realidad y datos: agro, banca, retail, logística, educación y servicios. Ahí la ventaja no es el tamaño del modelo; es el entendimiento del negocio.
  • Datos soberanos y cumplimiento: Diego Acosta (Universidad de las Américas) lo dijo de forma directa: Ecuador debe apostar por datos soberanos para no volverse un simple cliente cautivo. No se trata de paranoia; se trata de negociación. Quien no controla sus datos, termina alquilando su futuro.
  • Edge y eficiencia: cuando la energía y la conectividad no sobran, el edge computing deja de ser moda y se vuelve pragmatismo. Startups locales pueden crear soluciones que corran cerca del origen del dato, con costos y latencias más razonables.

Y hay otra realidad que no vale esconder bajo la alfombra. Mientras se anuncian inversiones de ciencia ficción, Amazon despide gente y cierra tiendas físicas. La ironía es amarga: “innovación” para unos significa “reestructuración” para otros. Por tanto, si lideras un equipo, este cierre no puede ser solo un plan tecnológico; debe ser un plan humano. La Inteligencia Artificial metida a presión en una organización sin formación, sin rediseño de roles y sin liderazgo termina siendo un conflicto laboral con interfaz bonita. Y eso, además de caro, es torpe.

Ahora bien, también hay señales claras de adopción real. Se comenta que Claro Ecuador y CNT ya exploran alianzas cloud para casos de IA en agro y banca. Y según informes locales (febrero 2026), el Banco Pichincha integra modelos generativos para detección de fraude y reduce tiempos en un 40%. ¿Qué nos dice eso? Que la oportunidad no está “algún día”. Está hoy, pero con proyectos que tengan dueño, métrica y gobernanza. No con hackatones eternos para alimentar la vanidad del comité.

La Inteligencia Artificial no premia al que más invierte; premia al que mejor decide qué automatizar, qué proteger y qué diferenciar.

Si quieres un cierre útil (y accionable), yo lo bajaría a cinco decisiones que puedes tomar en las próximas semanas, sin teatro:

  1. Elige un caso de uso con dinero al lado: menor fraude, menor abandono, mayor conversión, menor tiempo de atención. Si no hay KPI duro, es entretenimiento.
  2. Ordena tu casa de datos: acceso, calidad, permisos y trazabilidad. La IA sin datos es un libro en blanco, y “un hombre sin libros es un hombre sin alma”. Una empresa sin datos, también.
  3. Define tu política de proveedor: multicloud o al menos “salida posible”. No te cases por emoción; cásate por contrato y con plan B.
  4. Entrena a tu gente: no en prompts “bonitos”, sino en uso responsable, criterios de calidad, y rediseño del trabajo. La adopción es más cultural que técnica.
  5. Mide, ajusta y escala: pilotos cortos, resultados claros, y expansión por procesos. La IA se implementa como ajedrez: ganando el centro primero.

Lo cierto es que esta carrera por infraestructura no va a frenar. Y si algo nos enseña la historia —desde los ferrocarriles hasta Internet— es que el que espera “a que se estabilice” suele llegar cuando el mapa ya está repartido. Así que mi invitación es simple y, si quieres, incómoda: deja de mirar estos 650.000 a 670.000 millones como una cifra lejana y mírala como lo que es: el anuncio de una nueva normalidad. Una normalidad donde podrás alquilar potencia de cómputo, sí, pero donde tu ventaja dependerá de tu criterio, tu enfoque y tu disciplina.

En el mar de la Inteligencia Artificial, los gigantes son los portaaviones. Tú no necesitas uno. Necesitas una ruta, un radar y una tripulación entrenada. Y eso empieza hoy, no cuando el ruido pase. Porque el ruido no va a pasar. Solo se va a volver costumbre.


Artículo base: https://ecosistemastartup.com/amazon-y-google-inversion-record-de-375b-en-ia-para-2026/

Sergio Jiménez Mazure

Sergio Jiménez Mazure

Especialista en Inteligencia Artificial y Automatización B2B. Fundador de Innovación IA, dedicado a ayudar a empresas a integrar tecnologías cognitivas para maximizar su eficiencia operativa.

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