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Noticias Innovación IA9 de febrero de 2026Por Sergio Jiménez Mazure

IA industrial y gemelos digitales: ¿infraestructura o piloto?

IA industrial y gemelos digitales: ¿infraestructura o piloto?

La primera vez que escuché a un gerente industrial decir “a nosotros la Inteligencia Artificial no nos aplica”, pensé en esos capitanes que miran el mar en calma y concluyen, con una seguridad casi ofensiva, que las mareas no existen. Lo cierto es que, cuando uno ha acompañado procesos de automatización y analítica en operaciones reales —con turnos, paradas no planificadas, hojas de Excel heredadas y ese “siempre se ha hecho así” grabado en cemento— aprende algo incómodo: el futuro no pide permiso. Y cuando llega, llega como llega la electricidad: silenciosa, inevitable, transformándolo todo sin necesidad de discursos épicos.

Roland Busch, CEO de Siemens, ha definido la IA industrial como “la nueva electricidad”. Y no, no es una frase bonita para una keynote. Es una declaración estratégica con peso histórico. Porque la electricidad no cambió solo las lámparas; reordenó el trabajo, la productividad, la logística, la guerra, la ciudad y hasta la cultura del tiempo. Antes la fábrica se movía al ritmo del músculo y del vapor; después, al ritmo del flujo eléctrico. Hoy, la industria se mueve —cada vez más— al ritmo del dato, la simulación y la decisión automatizada. Con lo cual, hablar de IA industrial no es hablar de “chatbots en planta” ni de hacer presentaciones más rápido. Es hablar de un nuevo sistema nervioso para la operación.

Cuando Busch usa esa metáfora, está diciendo algo que a muchos les incomoda: que la automatización ya no se limita a robots y PLCs, sino que empieza a invadir el terreno donde antes vivía el criterio humano. En mi caso, lo veo semana a semana en reuniones con equipos de mantenimiento, calidad o supply chain: la discusión ya no es si se puede predecir una falla, sino quién se atreve a cambiar el proceso para actuar antes de que ocurra. Y ahí es donde la IA industrial empieza a parecerse peligrosamente a la electricidad: no es un “proyecto”, es una infraestructura. No es un piloto simpático, es una ventaja competitiva que se conecta o se mira pasar.

Una de las claves —y esto Siemens lo entiende mejor que la mayoría— es que en industria la IA vale lo que vale su capacidad de tocar el mundo físico. En marketing digital puedes equivocarte y corregir en horas. En una línea de producción, un error se paga en scrap, en paradas, en energía desperdiciada o en un cliente que no vuelve. Por tanto, cuando Busch habla de IA industrial, habla de una IA que se incrusta en ingeniería, producción, mantenimiento, seguridad y eficiencia energética. IA aplicada, no IA ornamental.

Y aquí viene la parte que muchos prefieren ignorar: estamos ante un cambio de época que no premia al que “entiende de IA”, sino al que entiende su negocio lo suficiente como para rediseñarlo. Como en las novelas de Asimov, el problema no es la máquina; el problema es el humano que no quiere aceptar que el tablero cambió. Eso sí, hay una diferencia con la ciencia ficción: aquí no hay pausa narrativa. Si te demoras, el mercado no te espera. Te reemplaza. Con una sonrisa corporativa, por supuesto, que es la forma moderna de la guillotina.

Busch no está vendiendo magia. Está nombrando una realidad: la IA industrial es el tipo de tecnología que, una vez que se enciende en serio, ya no se apaga. Y si hoy todavía parece opcional en algunas empresas, es porque aún no han sentido el golpe completo en productividad, costos y velocidad. Pero llegará. Como la electricidad. Y, desgraciadamente, muchos lo entenderán cuando ya sea tarde.

La electricidad no fue una mejora: fue un nuevo lenguaje para la industria. La IA industrial va por el mismo camino.

Si en el punto anterior la IA industrial era ese “flujo eléctrico” que reorganiza la fábrica sin pedir permiso, los gemelos digitales son el plano oculto del edificio. El mapa antes del territorio. Y, en industria, eso es una ventaja obscena. Porque durante décadas hemos aceptado como normal construir primero y entender después. Un poco como ir a la guerra sin reconocimiento previo: avanzas, te equivocas, corriges, pagas bajas, y luego escribes un informe con conclusiones que debiste haber tenido antes de disparar el primer tiro.

En mi caso, cuando acompaño equipos de operación o ingeniería, casi siempre aparecen los mismos fantasmas: ampliaciones que se presupuestan “con margen por si acaso”, cambios de layout que terminan en cuellos de botella nuevos, líneas que se automatizan sin considerar el comportamiento real del operario, y una lista infinita de decisiones tomadas con lo que yo llamo “fe industrial”. Esa fe cuesta. Cuesta en CapEx, en tiempo, en reprocesos, en energía y en reputación interna. Y aquí el Digital Twin deja de ser palabra bonita para volverse un instrumento de supervivencia: simular antes de construir. Validar antes de invertir.

Lo que Siemens ha mostrado en China —con una planta faro para el World Economic Forum— no es solo un caso de marketing. Lograr 20% menos consumo de energía y 25% mayor productividad no es “optimización”; es una reescritura del juego. Y el detalle que a mí me parece más brutal es este: el gemelo digital completo se trabajó antes de la primera excavación. Es decir, antes de meter una retroexcavadora, ya habían “ensuciado” el modelo con decisiones, escenarios, restricciones y aprendizajes. En vez de improvisar sobre concreto, improvisaron sobre pixels. Mucho más barato, mucho más rápido, mucho menos doloroso.

La gracia —y el peligro— de un gemelo digital bien hecho es que te obliga a una honestidad que la empresa suele evitar. Un modelo no negocia con el ego. Si la lógica de flujo está mal, si el buffer es insuficiente, si la capacidad real no coincide con la teórica, el gemelo lo expone sin piedad. Y ahí es donde muchas organizaciones se quiebran: porque prefieren una mala decisión con consenso que una buena decisión con conflicto. Suelo comentar que, en la práctica, lo más difícil del Digital Twin no es la tecnología; es la conversación incómoda que provoca.

Ahora bien, cuando se hace bien, los resultados son casi insultantes para la manera tradicional de operar. Puedes probar cambios de producto sin detener una línea real. Puedes validar automatización antes de comprar hardware que luego nadie sabe integrar. Puedes anticipar fallos por diseño, no por estadística tardía. Puedes reducir energía porque entiendes el sistema como un conjunto, no como islas de consumo. Y puedes bajar CapEx porque descubres capacidad “oculta” en el proceso, esa que el día a día tapa con urgencias y parches.

Hay algo profundamente literario en esto. Me recuerda a Julio Verne, que viajaba al centro de la Tierra sin haber pisado jamás ese abismo, pero con un rigor narrativo que hacía creíble lo imposible. El gemelo digital es ese Verne industrial: te permite explorar lo que aún no existe, con la disciplina suficiente para tomar decisiones reales. Eso sí, también tiene su lado sarcástico: el gemelo no perdona al ejecutivo que quiere “la fábrica del futuro” con datos del pasado. Porque, claro, nada dice “innovación” como pedir simulación avanzada mientras el maestro de mantenimiento sigue registrando paradas en una libreta con grasa.

En industria, equivocar el diseño cuesta millones. En un gemelo digital, cuesta minutos. Y la diferencia marca el destino.

La pregunta incómoda, entonces, no es si los gemelos digitales funcionan. Funcionan. La pregunta es otra: ¿tu organización está dispuesta a mirarse en ese espejo antes de construir, o prefiere seguir aprendiendo a golpes? Porque la memoria —esa que la empresa dice valorar— no sirve de nada si no se convierte en modelo, en simulación y en decisión. Y, por tanto, en ventaja.

Siemens Xcelerator y Digital Twin Composer: la plataforma que democratiza la simulación 2D/3D y la integración IT/OT

Si el gemelo digital te obliga a mirarte en el espejo antes de construir, la pregunta siguiente es brutalmente práctica: ¿quién puede usar ese espejo y a qué costo? Porque, desgraciadamente, en la práctica muchas empresas han tratado la simulación como si fuera un club privado. Un software caro, un equipo reducido, un “centro de excelencia” que vive en una torre de marfil mientras producción sigue peleando incendios en el piso. Y ese divorcio —ingeniería por un lado, operación por otro— es el tipo de guerra civil silenciosa que mata la productividad sin necesidad de un solo sabotaje.

Ahí es donde Siemens empuja su jugada más estratégica: Siemens Xcelerator como plataforma abierta para escalar capacidades digitales a un ecosistema completo, no solo a los gigantes que pueden financiarlo todo. En entrevistas, Busch ha sido claro en su obsesión por llevar tecnología a muchas más empresas, incluidas las pequeñas. Y eso, en términos industriales, equivale a hacer lo que Gutenberg hizo con los libros: sacar el conocimiento del monasterio y ponerlo en manos de más gente. Porque una cosa es decir “Industria 4.0” en un panel, y otra muy distinta es lograr que una planta mediana pueda vender, integrar y operar capacidades digitales sin morir en el intento.

En mi caso, cuando aterrizo en una operación y pregunto dónde vive “la verdad” del proceso, casi siempre escucho tres versiones distintas: la del área de ingeniería (CAD y planos), la de operaciones (lo que realmente pasa) y la de IT (lo que el sistema alcanza a registrar). Ese triángulo suele estar lleno de resentimientos. Por tanto, que Xcelerator se plantee como un “mercado” y un marco de integración no es un detalle comercial; es una respuesta a un problema cultural: conectar piezas que históricamente no se hablan. Porque en industria, el dato no sirve si no atraviesa fronteras. Y las fronteras más peligrosas no son tecnológicas, son políticas.

En este contexto aparece Digital Twin Composer (anunciado para mediados de 2026) como un intento serio de reducir fricción: unificar gemelos 2D/3D con datos reales que vienen de MES, QMS, PLC e IIoT. Dicho sin poesía: que el modelo no sea una maqueta bonita, sino un organismo conectado. Como en Sherlock Holmes, la diferencia entre una teoría elegante y una verdad incómoda está en la evidencia. Y la evidencia industrial vive en señales, en calidad, en eventos, en tolerancias, en tiempos de ciclo, en scrap. No en PowerPoints.

La promesa de este enfoque es quitar silos entre diseño, ingeniería y operación, y validar automatización antes de invertir en hierro y cemento. Esa es la parte que me interesa: no es solo simular para diseñar mejor, sino para decidir mejor. Porque el verdadero desperdicio no está en la máquina que consumes; está en la decisión mal tomada que te obliga a convivir con un proceso mediocre durante años. Y, eso sí, hay un componente irónico: muchas organizaciones siguen pagando fortunas por parar una línea para “investigar”, cuando podrían haber descubierto el problema en el modelo si hubieran conectado sus datos con disciplina. Pero claro, la disciplina es incómoda. Es más entretenido culpar al operario o al proveedor.

Además, cuando una plataforma como Siemens Xcelerator permite vender productos digitalmente y operar en lógica de ecosistema, se alinea con una realidad que Busch subraya en China: velocidad. La industria ya no compite solo por costo, compite por ciclos de aprendizaje. Y un gemelo aislado, sin integración IT/OT, aprende lento. Es un ajedrezista jugando sin ver el tablero completo. Con la integración, en cambio, el gemelo deja de ser una foto y se vuelve película. Y ahí, recién ahí, empieza a justificarse como palanca de productividad, energía y flexibilidad, no como un lujo de ingeniería para impresionar visitantes.

Siemens Xcelerator y Digital Twin Composer: cuando el gemelo digital deja de ser “juguete de grandes”

Si en el punto anterior hablamos de gemelos digitales como una forma sensata de no quemar presupuesto en el mundo real, aquí viene la pregunta incómoda: ¿quién puede pagarlos, operarlos y mantenerlos vivos? Porque, seamos honestos, durante años el digital twin fue ese Ferrari conceptual que todos admiraban en ferias, pero que pocas empresas podían sacar del concesionario. La promesa era enorme; la adopción, desigual. Y no por falta de ganas, sino por falta de integración: demasiadas herramientas sueltas, demasiados datos encerrados en silos, demasiada fricción entre ingeniería y operación. Con lo cual, la discusión deja de ser tecnológica y se vuelve organizacional.

En ese contexto aparece Siemens Xcelerator, que no es otro software, sino una apuesta por plataforma: un ecosistema abierto para conectar diseño, ingeniería, automatización y operación, con marketplace y un modelo más amable para escalar capacidades sin reinventar la rueda cada vez. En mi caso, cuando acompaño a equipos industriales a evaluar soluciones, siempre vuelvo a lo mismo: el valor no está en tener una herramienta brillante, sino en lograr que la información viaje del CAD al PLC, del MES al mantenimiento, y del taller al comité ejecutivo sin perderse en traducciones. La industria está llena de intérpretes. Y los intérpretes cuestan caro.

Lo interesante —y aquí Siemens ha leído bien el tablero— es que Xcelerator busca bajar el “costo de entrada” del gemelo digital, no solo en dinero, sino en complejidad. Esto es clave para pymes industriales que no tienen un ejército de ingenieros de datos ni un departamento de transformación digital con apellido anglosajón. Porque la competencia ya no es entre empresas grandes y pequeñas. Es entre empresas rápidas y lentas. Y la lentitud, en industria, no es una virtud artesanal; es un impuesto.

Digital Twin Composer: del 2D/3D útil al gemelo conectado con la planta

Ahora bien, si Xcelerator es la plaza pública, Digital Twin Composer apunta a ser el instrumento que hace que el gemelo digital sea usable a escala, con menos ceremonias. La idea es potente: unificar gemelos 2D/3D con datos reales de sistemas industriales —MES, QMS, PLC, IIoT— para construir entornos donde puedas simular productos, procesos y plantas en minutos, no en meses. Y esto, a la hora de tomar decisiones, es la diferencia entre dirigir con brújula o con intuición. La intuición es maravillosa, hasta que te presenta la factura.

Me gusta pensarlo como ajedrez: el gerente que opera sin un gemelo integrado juega “a ojo”, moviendo piezas porque le parece lógico. El que integra IT/OT y simula, ve el tablero completo, anticipa consecuencias y reduce jugadas impulsivas. Y sí, suena obvio. Pero, en la práctica, seguimos viendo fábricas que diseñan por un lado, automatizan por otro y operan con una tercera versión de la verdad, normalmente guardada en un Excel con macros del 2009.

  • Menos silos: diseño, ingeniería y operaciones dejan de trabajar como repúblicas independientes.
  • Validación antes del hierro: pruebas de automatización y cambios de proceso en digital antes de tocar hardware.
  • Optimización continua: el gemelo no se queda como maqueta; se alimenta de datos y mejora el rendimiento.

El gemelo digital no sirve para impresionar en una reunión; sirve para equivocarte barato antes de equivocarte caro.

Y para quienes todavía creen que esto es futurismo, conviene recordar que la integración IT/OT no es un capricho técnico. Es una respuesta a un mundo que exige resiliencia, eficiencia energética y velocidad de adaptación. Lo irónico es que muchas organizaciones hablan de agilidad con la misma soltura con la que hablan de transparencia en campaña electoral: suena bien, pero nadie sabe dónde se implementa. Aquí, al menos, hay un camino concreto: plataforma abierta, gemelos conectados y la posibilidad real de que la simulación deje de ser un privilegio y se vuelva una práctica industrial cotidiana.

Impacto para empresas y talento: humanos, agentes de IA y la oportunidad real en Latinoamérica/Ecuador

Si en el punto anterior hablamos de plataformas, integración IT/OT y gemelos conectados, aquí viene la parte que casi nadie quiere discutir porque no cabe en un dashboard: el impacto en la gente. Porque puedes tener Siemens Xcelerator, Digital Twin Composer y un metaverso industrial precioso, pero si tu organización sigue operando como un feudo —calidad contra producción, mantenimiento contra compras, IT como policía y OT como resistencia— no vas a capturar productividad. Vas a coleccionar licencias. Y eso, dicho con ironía, es el deporte favorito de muchas empresas: comprar futuro y seguir usando el pasado.

Roland Busch lo resume con una frase que, a mi criterio, debería estar colgada en la pared de cualquier comité ejecutivo: “Somos la última generación que gestiona solo humanos; la próxima gestionará humanos y agentes de IA”. Esa idea no es ciencia ficción. Es gestión pura. En la práctica, un asistente de IA que analiza paradas, cruza causas, propone acciones y documenta cambios puede ahorrarte horas de trabajo experto. Un agente que monitorea condiciones, detecta desviaciones y dispara flujos de mantenimiento preventivo no reemplaza al técnico; le quita la parte tonta, repetitiva y ciega del trabajo.

Y aquí hay un matiz importante que suelo comentar cuando trabajo con equipos operativos: la IA aplicada no te quita el empleo; te quita la excusa. La excusa de no medir, de no documentar, de no estandarizar, de no aprender. Porque cuando la IA empieza a ver patrones, deja en evidencia el verdadero cuello de botella: decisiones lentas, información dispersa y cultura de parche. Es como ajedrez otra vez: no pierdes por falta de piezas, pierdes por no ver el tablero.

¿Qué cambia en productividad cuando gestionas humanos y agentes de IA?

Cambia el ritmo. La industria ha vivido demasiado tiempo en modo “detective posterior”: pasa el problema, corre la gente, se llena un informe y se promete que “no volverá a pasar”. Con IA industrial y gemelos digitales, el juego se acerca al control anticipado: simulas, validas, predices, automatizas decisiones pequeñas y reservas el criterio humano para lo que realmente lo merece. Eso libera talento calificado, como dice Busch, pero también obliga a rediseñar responsabilidades.

  • El supervisor deja de ser apagafuegos y se vuelve orquestador de decisiones: humanas y automáticas.
  • El ingeniero pasa de “diseñar y entregar” a “diseñar, conectar, medir y mejorar” con ciclos más cortos.
  • El mantenimiento evoluciona de reactivo a predictivo, pero solo si el dato deja de ser rehén de los silos.
  • La dirección deja de pedir milagros de productividad y empieza a financiar capacidades: datos, simulación, automatización y talento.

Esto es liberador, sí. Pero también es incómodo. Porque expone cuántas decisiones se toman por costumbre y cuántos “procesos” sobreviven únicamente por inercia. Y la inercia, en un mundo AI-driven, es suicida. No dramático, no hollywoodense; suicida como se suicidan los negocios: en cuotas.

Latinoamérica y Ecuador: la oportunidad no está en “modernizarse”, está en competir

En nuestra región solemos discutir transformación digital como si fuera un tema de prestigio, no de supervivencia. Pero Busch insiste —y Siemens lo demuestra con casos como PepsiCo— en algo muy concreto: reducir fallos antes de hacer cambios físicos, bajar CapEx, mejorar rendimiento, optimizar energía. Es productividad real. Y productividad real, en Ecuador y Latinoamérica, no es un lujo: es el único idioma que entiende un mercado global que no perdona retrasos.

¿Tenemos limitaciones? Por supuesto. Talento escaso en ciertas especialidades, inversión cuidadosa, infraestructura desigual. Pero también tenemos una ventaja que a veces no vemos: muchas plantas aún pueden saltarse etapas, evitando la nostalgia tecnológica. Como en la historia industrial, los que se suben tarde a una revolución a veces lo hacen con menos lastre. Eso sí: solo si lo hacen con método, no con entusiasmo.

He visto proyectos locales —desde automatización en manufactura hasta iniciativas académicas con gemelos digitales— que prueban que la capacidad existe. Lo que falta es escalar con disciplina: datos confiables, integración IT/OT, un caso de negocio honesto y un plan de adopción que incluya a operación desde el día uno. Porque nada destruye más rápido un proyecto de innovación que un equipo al que le “instalan” tecnología como quien instala vigilancia.

Un cierre sin romanticismo: la IA industrial exige carácter

Julio Verne imaginaba viajes imposibles con una lógica férrea; Asimov nos recordó que el problema rara vez es la máquina, sino el humano que se niega a entenderla. La IA industrial, los gemelos digitales y la automatización no vienen a adornar presentaciones: vienen a reconfigurar quién gana, quién pierde y quién ni siquiera se entera de que ya perdió. Y sí, suena duro. Pero más duro es enterarte cuando tu competencia ya está diseñando, simulando y optimizando en semanas lo que a ti te toma semestres.

La transformación no falla por falta de tecnología; falla por falta de decisión. Y la decisión es un músculo: o lo entrenas, o te traiciona.

Mi invitación final es simple y, a la vez, incómoda: deja de hablar de Inteligencia Artificial como tema de moda y empieza a tratarla como infraestructura. El primer paso no es comprar herramientas. Es escoger un proceso crítico, modelarlo, conectar datos reales, definir qué decisiones se pueden automatizar y qué rol jugarán los humanos y los agentes de IA. Y luego medir. Sin poesía. Sin excusas.

Porque la pregunta que te deja este artículo no es “¿cuándo llegará la IA industrial?”. Ya llegó. La pregunta es otra: ¿vas a encenderla tú, o vas a esperar a que la encienda tu competencia y te toque mirarla desde afuera, como quien mira una fábrica iluminada desde la oscuridad?

Fuente base: https://www.theverge.com/podcast/875233/siemens-ceo-roland-busch-ai-automation-digital-twins-nato-tariffs

Sergio Jiménez Mazure

Sergio Jiménez Mazure

Especialista en Inteligencia Artificial y Automatización B2B. Fundador de Innovación IA, dedicado a ayudar a empresas a integrar tecnologías cognitivas para maximizar su eficiencia operativa.

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