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Noticias Innovación IA24 de julio de 2025Por Sergio Jiménez Mazure

Demanda de Apple contra Jon Prosser: el impacto real en el periodismo tech

Demanda de Apple contra Jon Prosser: el impacto real en el periodismo tech

Demanda de Apple contra Jon Prosser. Seguro que has visto titulares llamativos sobre la batalla judicial entre Apple y Jon Prosser, aunque la mayoría se ha quedado en lo superficial. Aquí te quiero contar, con toda la chispa y el contexto que pocos explican, cómo ha arrancado este caso que ya está haciendo temblar tanto a los creadores de contenido tech como a los ejecutivos más blindados de Silicon Valley.

Para quienes no lo conozcan, Jon Prosser lleva años en el ojo del huracán digital con su canal Front Page Tech. Se ha ganado tanto devotos como detractores porque saca a la luz información previa a grandes lanzamientos, jugando ese papel de “filtrador estrella” que a veces pone contra las cuerdas el secretismo típico de Apple. Sin embargo, con esta nueva demanda federal, la movida ha pasado de rumores y “renders especulativos” a una bronca legal que tiene miga.

Todo empezó a finales de la primavera de 2025. Apple presentó una demanda federal en California acusando a Jon Prosser —junto a su colaborador Michael Ramacciotti— de dos cosas muy serias: apropiación indebida de secretos comerciales (vamos, robar información ultra confidencial) y violación de la famosa Computer Fraud and Abuse Act. En pocas palabras, la empresa no habla de indiscreciones menores o parrafadas en foros, Apple acusa a Prosser y Ramacciotti de haber conseguido acceso ilícito a secretos definidos como el corazón de su innovación: lo que será —o más bien, lo que fue— iOS 26, una de las actualizaciones más esperadas y blindadas hasta ese momento.

Ahora, ¿qué es lo que Apple considera tan grave? Si bien la compañía suele morderse la lengua y actuar con paciencia ante filtraciones, esta vez los responsables de la casa de la manzana afirman que Prosser y su colega cruzaron la línea roja por varios motivos. Primero: las filtraciones afectaron a una versión aún en fase de desarrollo interno, rebautizada como iOS 26 (o “iOS 19” para los que conocen la jerga interna). Segundo, y aún más delicado: Apple sostiene que los acusados no solo recibieron información filtrada, sino que —según la demanda— participaron activa y conscientemente en el acceso y distribución de datos protegidos. Ni por asomo es una acusación ligera; hablamos de una vulneración de confianza que toca fibras muy sensibles dentro del sector tecnológico.

La demanda detalla que todo se remonta a la relación personal y profesional entre Ramacciotti y Ethan Lipnik, entonces empleado de Apple y compañero de piso. Para la marca de Cupertino, la clave está en que Ramacciotti habría aprovechado la ausencia de Lipnik para usar el passcode de un iPhone de desarrollo —un dispositivo imposible de conseguir fuera del círculo de empleados autorizados— y acceder al sistema operativo no lanzado. Durante este acceso, según el texto legal, Ramacciotti realiza una videollamada FaceTime con Prosser, quien no solo observa la interfaz, sino que graba esa demostración.

Al poco tiempo, aparecen en el canal de Prosser y en el pódcast Genius Bar unos “renders artísticos reconstruidos” tan realistas —y precisos— que cualquier fan de Apple se quedó boquiabierto: la nueva app Cámara, la interfaz renovada de Mensajes, nuevas animaciones y, lo más llamativo, el estilo “liquid glass”: ese efecto visual translúcido y redondeado casi calcado, después, en la versión final de iOS 26. Aquí es donde Apple aprieta el acelerador y decide, por primera vez en años, ir por la vía penal y civil. No solo piden indemnizaciones por daños superiores a 5,000 dólares en doce meses —cifra puramente formal, porque la repercusión real supera ese monto con creces—, sino que también solicitan una orden judicial para impedir que se continúe diseminando información confidencial y que cualquier material ya obtenido sea destruido o revertido a la empresa.

Por supuesto, Prosser ha reaccionado en redes negando haber sido parte consciente del acceso ilícito y asegura que solo difundió información recibida, sin conocer la procedencia con total certeza. Matiza que lo suyo es periodismo tecnológico, interpretación visual e información; pero Apple, cansada ya de los “leaks” sistemáticos, sostiene que esta vez la línea legal fue rebasada y hay suficiente base como para arrancar un litigio en toda regla.

Más allá de una simple pelea por un par de capturas de pantalla o noticias filtradas, la demanda de Apple contra Jon Prosser deja claro hasta qué punto la protección de secretos comerciales, el acceso a tecnología en fase pre-lanzamiento y la frontera con la libertad de expresión se han convertido en uno de los grandes retos del sector digital. Esto marca una diferencia brutal con otras disputas previas: Apple quiere que el tribunal delimite exactamente qué es información pública y qué se considera un activo estratégico irrenunciable para la innovación.

“Cuando la filtración excede la opinión y pasa al uso indebido de plataformas privadas, ya no hablamos de un simple rumor, sino de una amenaza real para la competitividad”, afirman desde los entornos jurídicos tecnológicos.

Esa es la situación ahora mismo. Todo el ecosistema digital observa, medios de comunicación se arremolinan, y tanto las agencias tecnológicas como los expertos en ciberseguridad analizan el caso con lupa. Y si te interesa entender hasta dónde puede llegar la tensión, prepárate porque las siguientes fases del proceso prometen titulares todavía más jugosos.

Hechos clave de la demanda: cómo se filtró iOS 26 y por qué Apple estalló

Vale, entremos en materia con lo verdaderamente jugoso de este enfrentamiento: los hechos clave de la demanda. Si el caso Apple vs Jon Prosser tiene media comunidad tech en vilo y despachos legales echando humo, es por lo que vas a leer aquí. No te creas que fue un simple correo mal enviado o una charla de bar. Según Apple, la cosa estuvo más cerca del thriller que del “descuido digital” común en estas movidas de leaks.

Arranquemos por el principio. Toda la bronca nace por el acceso —según la acusación— totalmente clandestino a un iPhone de desarrollo que ni tú, ni yo, ni siquiera desarrolladores externos con buenos contactos suelen oler de cerca. ¿Por qué ese móvil y no otro? Porque en esos dispositivos está el alma de lo que luego será la nueva versión de iOS, en este caso la codiciada iOS 26 (o iOS 19, ese nombre en clave que Apple usa para despistar hasta a sus propios empleados).

El centro de la trama lo protagonizan dos figuras: Michael Ramacciotti y Ethan Lipnik. Ramacciotti, amigo y compañero de piso de Lipnik —por aquel entonces, empleado de Apple—, habría aprovechado una de esas tardes en las que el dueño del iPhone de desarrollo no estaba en casa. Según la propia demanda, ni corto ni perezoso, accede al móvil introduciendo el passcode que, al parecer, conocía. Nada de forzar cerraduras ni super-hackers: una amistad, convivencia y un código guardado en la cabeza. A partir de ahí, la cosa se acelera.

Mientras Lipnik anda fuera de la vivienda, Ramacciotti realiza una llamada FaceTime con Jon Prosser. Ojo a la jugada: esa videollamada no era una charla casual sobre series. Allí, en directo, Prosser pudo ver la pantalla con la versión interna de iOS 26 funcionando, observar menús y moverse por funciones que ni el equipo de desarrollo externo de Cupertino había pisado. Y hay más: la conversación fue grabada—algo que Prosser no niega— y ese material en bruto acabaría siendo la base para crear lo que él llama “renders artísticos reconstruidos”. Ya sabes, esas imágenes en 3D y vídeos donde muestran el nuevo diseño como si fuera un producto acabado, cuando todavía es un secreto guardado bajo siete llaves.

No estamos hablando del típico rumor tipo “mi primo trabaja en Apple y me ha contado…”. Es material visual, muy detallado, con referencias claras al interior de la vivienda de Lipnik. De hecho, Apple rastrea las identidades —como quien investiga el fondo de las fotos en redes sociales— y así caza la conexión entre lo publicado y el entorno privado del empleado. Ni el mejor detective digital lo hubiera hecho más rápido.

¿Qué exactamente se filtró y por qué tiene tan nerviosos a los de la manzana? El plato fuerte está en el rediseño de la app Cámara (con accesos rápidos, modo pro y un giro visual respecto a iOS 25), la nueva interfaz de Mensajes —con gestos inéditos y animaciones que luego se han visto calcadas en la actualización oficial—, y, sobre todo, la famosa estética “liquid glass”, esa especie de cristal fundido con transparencias y sombras que Apple vendió como el cambio visual más radical desde 2013. El nivel de precisión en los renders fue tan bestia que los foros de fans se pusieron en modo CSI para comparar cada píxel con lo que Apple presentó, y la diferencia era casi nula.

Por si fuera poco, la demanda no solo se centra en Prosser y Ramacciotti jugando a espías. Apple detalla que tras recibir un aviso anónimo —posiblemente un propio compañero desencantado con las filtraciones— reconoce la vivienda de Lipnik en varias imágenes; ni los cuadros de la sala se salvaron del ojo clínico de los abogados. De ahí que el empleado acabara despedido, aunque la demanda no lo incluye como acusado directo (lo suyo fue “grave pero no criminal”, según los de Cupertino).

En el apartado tecnológico, la jugada fue más allá del simple render. Los vídeos y podcasts donde Prosser y su equipo analizaron el material alcanzaron cientos de miles de visualizaciones en YouTube y otras plataformas. El timing tampoco fue inocente: esas piezas salieron justo dos meses antes de la WWDC 2025, chafando parte del misterio y rebajando el impacto mediático que Apple prepara durante meses para sus keynotes.

  • Acceso directo a un dispositivo propiedad de Apple sin autorización.
  • Obtención y difusión visual, no solo textual, del sistema operativo inédito.
  • Identificación del domicilio del empleado filtrador, clave en la investigación.
  • Utilización de la información para generar contenido audiovisual masivo.
  • Impacto directo en la percepción pública antes del evento más esperado del año.

Apple, que históricamente ha tenido sus más y sus menos con los filtradores, sostiene que esto ya no era cuestión de periodismo mínimamente responsable. Aquí, dicen ellos, se superó la línea hacia el empleo ilícito y deliberado de propiedad empresarial. Hay un punto interesante que me llama la atención: Apple cifra los daños en algo más de $5,000 dólares en un año —cantidad mínima si consideras la escala de la compañía—, pero lo que buscan realmente es marcar territorio legal. Les preocupa, sobre todo, el poder adquisitivo y viral de los nuevos leaks en la era YouTube: el daño a la estrategia, a la innovación y a la confianza del equipo interno.

“No hablamos ya de rumores producto del ingenio, sino de material estratégico obtenido fuera del canal permitido”, subrayan desde Cupertino en el escrito judicial.

Así que, resumiendo la jugada, lo que ha pasado aquí no solo tiene aroma a relato tecno-thriller. Marca un punto de inflexión en cómo las grandes de Silicon Valley afrontan la filtración de secretos y hasta dónde están dispuestas a llegar para frenar la fuga de información valiosa. Si eres creador de contenido, periodista tech o simplemente te apasiona el mundillo, esta historia debería dejarte muy clara una cosa: el tablero ha cambiado, las reglas se redefinen y el tradicional “juego del leak” nunca fue tan arriesgado como ahora.

Reacción de Apple y consecuencias: lo que hay detrás del enfado (y el movimiento) de la manzana

¿Y entonces, cómo reacciona Apple ante esta sacudida? Porque, seamos honestos, la marca no es precisamente de las que sacan la artillería legal por cualquier filtración random, ni se lanzan a litigar a la primera de cambio. Pero aquí la historia es distinta y el cabreo, bastante palpable. Hablamos de una empresa que disfruta creando expectación año tras año, cuidando hasta el último detalle para que la presentación de sus novedades sea casi un ritual. La demanda de Apple contra Jon Prosser no es solo un ajuste de cuentas; es una declaración, un mensaje de advertencia para todo el ecosistema digital.

Nada más saltar el caso, la maquinaria interna de Apple se pone en marcha. Reciben un aviso anónimo que les da pistas sobre la identidad del “topo”. El equipo de seguridad, junto con sus gurús legales, rastrean los vídeos publicados por Prosser hasta identificar detalles propios de la vivienda de Ethan Lipnik (el empleado, ya ex, de la compañía). No hace falta ser Sherlock Holmes para entender el nivel de vigilancia que Apple puede desplegar cuando va en serio. Tras confirmar que, efectivamente, el material grabado provenía de un entorno real y no de simulaciones, la empresa ejecuta una maniobra rápida: despiden a Lipnik y lo hacen fuera del litigio criminal porque, según el dictamen interno, su conducta fue “grave, pero no criminal”.

En cuanto a Prosser y Ramacciotti, el movimiento es mucho menos diplomático. La demanda federal presentada en California pide mucho más que una disculpa pública o la clásica petición de “por favor, borren el vídeo”. Apple va a por compensación económica (el famoso umbral de más de 5,000 dólares en pérdidas anuales), daños punitivos y—aquí está lo importante—una orden judicial que no solo frene la posible publicación de más secretos, sino que obligue a ambos a devolver (o destruir) cualquier contenido o información privilegiada que aún tengan en su poder.

La reacción no acaba ahí. El escrito judicial de Apple deja claro que este movimiento es estratégico. La preocupación central, más allá del daño económico concreto, es el riesgo para la innovación y la protección de activos. Un leak no solo destripa la sorpresa o la narrativa que Apple quiere controlar, sino que puede arruinar meses—cuando no años—de trabajo de equipos técnicos, diseñadores y hasta estrategas de marketing. La fuga de detalles sobre la estética “liquid glass” o la nueva app de Cámara puede parecer una anécdota para el gran público, pero para Apple es la pista de aterrizaje donde se juegan esa fama de “disruptores” y el valor añadido en cada keynote.

Pero ¿por qué le da tanta importancia a los leaks y por qué esta vez ha decidido ir con todo? Básicamente hay tres razones principales:

  • Control de narrativa y experiencia de usuario: filtrar novedades meses antes diluye la capacidad de Apple para crear impacto, poner en valor nuevas funciones y sorprender a su comunidad.
  • Pérdidas de ventaja competitiva: si competidores, fabricantes de fundas o desarrolladores externos ven antes de tiempo hacia dónde va iOS, pueden anticiparse, copiar rasgos o rearmar estrategias antes del anuncio oficial.
  • Impacto jurídico y reputacional: la filtración de secretos comerciales puede sentar un precedente; dejarlo pasar podría abrir la puerta a nuevos “periodistas intrépidos” tentados a obtener acceso a la fuerza.

A esto hay que sumar el factor mediático. La batalla legal no se libra solo en los tribunales. Apple sabe que el caso Jon Prosser se convertirá en noticia global, así que cuida cada paso para que parezca (y sea) una defensa firme de sus activos, sin ceder a presiones o campañas de victimización por parte de los acusados.

¿Y cómo responden Prosser y Ramacciotti? Pues aquí la cosa se pone tensa. Prosser, fiel a su estilo mediático, niega haber orquestado nada ilegal. Lo deja claro en un par de hilos bastante virales en X (antes Twitter), donde matiza que él simplemente interpreta y comparte lo que recibe, protegiendo sus fuentes y actuando—según dice—como cualquier periodista especializado. Para reforzar su postura, muestra algunas capturas de mensajes con Ramacciotti, insistiendo en no haber sabido nunca, de forma fehaciente, que la información salía del teléfono corporativo de un empleado activo de Apple.

¿Le sirve de escudo ante la demanda? Aquí está el quid de la cuestión. Para el equipo legal de Apple da igual si Prosser participó “solo como espectador”, lo relevante es que facilitó la difusión de información obtenida ilícitamente y, con ello, incrementó el daño para la marca. El argumento legal es simple: si tú eres la plataforma para que el leak se viralice, tienes responsabilidad.

En ámbitos tech, la respuesta al caso es un cóctel de opiniones. Hay quien defiende a Prosser argumentando que la libertad de prensa debe incluir la publicación de filtraciones cuando tienen interés informativo (es la postura old-school de los tech-bloggers) y quienes, desde la perspectiva de las marcas, apoyan el movimiento de Apple: las empresas no pueden vivir bajo la amenaza constante de que su trabajo interno termine siendo “carne de YouTube” antes de tiempo.

A nivel sectorial, lo que está en juego va mucho más allá de un rifirrafe entre una mega-corporación y unos youtubers. Se trata de cómo las tech gigantes redefinen la relación con los creadores de contenido, dónde trazan la línea roja y, claro, cómo intentan blindar ecosistemas enteros ante una cultura de leaks casi institucionalizada. Para los “filtradores habituales” esto podría suponer el fin de la era dorada de las primicias; para el resto de la industria, una oportunidad para debatir de verdad sobre los límites del periodismo digital, la propiedad intelectual y el futuro de la información tecnológica.

¿Hay miedo entre los informadores tech? Algo de preocupación hay, sí. Esta demanda de Apple contra Jon Prosser marca un nuevo estándar. Si la sentencia resulta favorable a la empresa, muchos creadores deberán replantear el modo en que consiguen, procesan y publican información. Quizá veamos un periodismo más prudente o bien un ingenio renovado en sortear controles. Lo único seguro es que, en el corto plazo, el caso ha generado un efecto disuasorio. Nadie quiere ser el siguiente ejemplo en el escaparate judicial de Apple.

Por otro lado, tampoco hay que ignorar el impacto social. Los seguidores de Prosser y quienes apoyan la cultura del “leak” lo ven como un mártir, mientras la comunidad de desarrolladores y empleados de Apple respira más tranquila sabiendo que la compañía respalda el trabajo interno a ultranza. El debate está en pleno auge y, según cómo avance el proceso, puede redefinir el “juego sucio” de las filtraciones para siempre.

“Defender la propiedad intelectual ya no es opcional; es parte esencial para la supervivencia y reputación de las grandes tecnológicas”. — Observadores de la industria

Así que, si te preguntabas qué consecuencias tiene realmente una demanda federal de Apple por filtraciones, ya ves que no hablamos sólo de dinero ni de castigos personales. Lo que se disputa es el marco legal, la reputación de los implicados, el control mediático de la información y el futuro del periodismo tecnológico en la era post-leak. Olvídate del clásico “disculpa, me equivoqué” o el típico borrón y cuenta nueva. Los próximos meses pueden decidir si filtrar información pasará de ser un “deporte de riesgo digital” a un tabú para creadores, insiders e influencers.

¿Tienes una postura sobre el asunto? ¿Eres team Prosser, team Apple o crees que toda esta pelea es solo el aperitivo de un cambio aún mayor en el sector digital? Comparte tu opinión y seguimos el debate. Aquí la conversación no termina: la innovación tecnológica y su protección están más vivas que nunca.

¿Qué opinas sobre la gestión de filtraciones en el sector tech? Déjalo en los comentarios o escríbeme para analizarlo juntos.

Contexto e implicaciones: el gran debate sobre filtradores, prensa libre y la frontera de la innovación

Cuando se destapa una demanda de Apple contra Jon Prosser, la noticia va mucho más allá de la típica caza de “leakers”. Aquí se ventila algo que la industria tecnológica lleva años esquivando: ¿dónde acaba el derecho a informar y empieza la responsabilidad de proteger —y protegerse de— la apropiación indebida de secretos comerciales? Este caso es más que la batalla legal del año. Es un espejo de las tensiones crecientes en el sector.

Vamos a ponerlo claro: los filtradores tecnológicos no son un fenómeno nuevo, pero su relevancia y alcance han dado un salto de gigante en la última década. Plataformas como YouTube, X (antes Twitter) y Discord han convertido la filtración de novedades tech en un subgénero mediático por derecho propio. No es solo cuestión de alimentar la rumorología o satisfacer la curiosidad de fans: hablamos de una auténtica competición a tiempo real por anticipar movimientos estratégicos de multinacionales como Apple.

Pero claro, el “juego del leak” ha cambiado. Las grandes tecnológicas sufren doble: pierden ventaja competitiva y asisten, impotentes a veces, a cómo sus historias se cuentan antes de tiempo. Detrás de los “renders” y teorías, lo que se juega es el control del relato y muchas cifras en potenciales ingresos. Y ahí choca directamente la ética periodística con la defensa de la innovación. La demanda contra Jon Prosser deja al desnudo una contradicción esencial: ¿informar o reservar? ¿Periodismo o explotación?

En Estados Unidos, el debate legal y ético es especialmente candente. Por un lado, la libertad de prensa se considera casi sagrada. El derecho a informar (y opinar) es el escudo de los creadores de contenido, que defienden su labor alegando que el público merece saber. Pero la Computer Fraud and Abuse Act y la legislación que protege secretos comerciales ponen una cerca: acceder sin permiso —o difundir datos protegidos— puede llevarte a enfrentarte no solo a una empresa gigante, también a multas y penas mucho mayores de lo esperado.

El caso Prosser, además, llega en un momento clave. Tras años de leaks inofensivos, ahora la frontera entre la “primicia” y el delito se vuelve difusa. No es lo mismo lanzar una predicción basada en fuentes anónimas que publicar con detalle productos aún bajo NDA o mostrar interfaces recuperadas de un dispositivo prohibido. Aquí, Apple da ejemplo: tolerancia cero a la apropiación de activos estratégicos. ¿Demasiado duro? Para la comunidad tech, depende de a quién preguntes.

Por un lado, muchos periodistas especializados temen que una sentencia favorable a la compañía marque un antes y un después en su manera de conseguir información. Un “efecto nevera” donde se dispare la autocensura, reduciendo los riesgos, pero también la creatividad y la chispa de las scoops independientes. Por el otro, las empresas llevan años rivalizando no solo por lanzar productos, también por mantener la fidelidad de empleados, controlar fugas y blindar el I+D. Y es que una filtración estratégica puede arruinar meses de trabajo y millones de inversión en cuestión de horas —no digamos lo que supone para la reputación interna y la confianza en los equipos—.

¿Por qué la batalla legal redefine el rol de los informadores tecnológicos?

Muchos se preguntan: ¿quedarán los filtradores tech relegados a la clandestinidad, o surgirán nuevas formas de filtrar que esquiven a los departamentos legales de las grandes empresas? Este proceso judicial establece un marco muy concreto, donde ya da igual cuán creativo seas a la hora de reconstruir una filtración: si participas en la obtención o difusión ilícita —y lo pueden probar—, te expones tanto o más que tu fuente original.

La demanda federal de Apple pone sobre la mesa tres aspectos que, sin exagerar, cambiarán cómo se entiende el periodismo de filtraciones tecnológicas en los próximos años:

  • Precedentes legales: un fallo claro (y ejemplarizante) puede limitar la frontera de acción no solo de “leakers” habituales, también de medios serios tentados a compartir material sensible.
  • Relación prensa-empresa: los periodistas tech tendrán que negociar con más cautela entre su objetivo de informar y la necesidad de no convertirse en piezas de una cadena de acceso ilícito.
  • Cultura de la innovación: un entorno de máxima protección legal puede frenar las filtraciones, sí, pero también alimentar el secretismo y la presión interna en equipos creativos. ¿Hasta qué punto compensa cerrar todas las puertas?

“Esta disputa marca el momento en que las filtraciones tecnológicas dejaron de ser travesuras y se volvieron asuntos de Estado empresarial.” — Analista del sector digital

También hay otro ángulo: ¿cómo afecta esto al consumidor final? Al que quiere saberlo todo antes de tiempo. Durante años nos han acostumbrado a vivir la expectación del leak, del rumor, de la próxima gran función filtrada con meses de antelación. Si la jugada de Apple logra frenar en seco esta cultura, podríamos ver un regreso al “misterio total” de los noventa, recuperando el sentido de sorpresa en cada presentación. O, por el contrario, puede que surja un mercado negro aún más opaco, donde los leaks seguirán fluyendo, pero a precios más altos —y en plataformas mucho menos accesibles—.

Sea como sea, lo que tenemos delante es un pulso que va a marcar la agenda de juristas, periodistas y tecnólogos por igual. Nadie espera que la libertad de prensa desaparezca, pero el mensaje es claro: el acceso y la explotación de secretos empresariales ya no es un juego de bloggers. Ahora, los “leakers” están en la mira de los gigantes y los tribunales. La era dorada de la información anticipada se apaga un poco —quizá mucho más de lo que imaginamos.

¿Te parece que la demanda de Apple contra Jon Prosser refleja el futuro de la industria tech?

Hay quien dice que al sector tecnológico le hacía falta una sacudida así. Otros lo ven como una amenaza directa a la transparencia. Yo, sinceramente, creo que estamos ante un cambio de paradigma. Va a afectar tanto al modo en que se comunica la innovación, como al equilibrio de poder entre creadores de contenido y gigantes corporativos.

La maquinaria legal de Silicon Valley está activada y los influencers digitales, por primera vez en años, ven su territorio como un campo minado. No cabe duda: el caso Prosser será citado durante años cada vez que se hable de filtraciones, derechos de autor y periodismo digital. ¿Llegará la calma? No lo tengo tan claro… pero seguro que los titulares seguirán encendidos.

¿Tú cómo lo ves? ¿Filtración responsable o ataque a la propiedad intelectual? Deja tu opinión y démosle vuelta juntos a este dilema.

Artículo original en The Verge: Apple demanda a Jon Prosser por filtraciones de iOS 26

Sergio Jiménez Mazure

Sergio Jiménez Mazure

Especialista en Inteligencia Artificial y Automatización B2B. Fundador de Innovación IA, dedicado a ayudar a empresas a integrar tecnologías cognitivas para maximizar su eficiencia operativa.

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