Cómo NestLab USFQ transforma la innovación universitaria en Ecuador hoy

Hablar de innovación universitaria en Ecuador ya no suena solo a teoría o “lo que podría pasar”. En estos días, basta mirar de cerca lo que está haciendo la Universidad San Francisco de Quito con su incubadora NestLab para entender que la transformación va, y va en serio. Un espacio nacido quizás sin hacer mucho ruido, pero que hoy muestra resultados tangibles: cinco startups “made in USFQ” con una valoración conjunta de 1,5 millones de dólares. Así, de golpe, el termómetro de la innovación local marca una nueva temperatura.
¿Quién pensaría hace algunos años que un campus universitario de Ecuador podría alumbrar empresas reales, capaces de competir no solo a nivel nacional sino —ojo— empezar a mirar de tú a tú a otras del continente? Tal vez sonaba a ciencia ficción o a discurso bonito de feria de innovación. Pero ya no es promesa: NestLab y la comunidad que impulsa son la prueba fehaciente de cómo, con lo necesario sobre la mesa (visión, mentoría, infraestructura, redes), el talento ecuatoriano pisa fuerte y no está para quedarse en segundo plano.
El ecosistema de innovación universitaria siempre ha sido territorio fértil, casi como un laboratorio abierto lleno de ideas rebeldes buscando escapar del papel o del aula. Sin embargo, lo que diferencia a iniciativas como NestLab no es solo la cantidad de proyectos, sino la velocidad y solidez con la que pasan del “vamos a intentarlo” al “ya estamos aquí, y esto vale millones”. ¿Demasiado bueno para ser cierto? Te aseguro que no. Los números y los rostros detrás de estas startups cuentan una realidad tan sólida como cualquier edificio del campus.
Detrás de cada una de esas cinco empresas incubadas en NestLab hay historias de estudiantes —algunos quizás antes de niños inquietos o de colegio, ahora jóvenes adultos capaces de levantar rondas de inversión y sentarse en la misma mesa que emprendedores de Nueva York o Buenos Aires— logrando ese salto que parecía reservado para otros. Un par de meses, un laboratorio inteligente, coachs que saben empujar pero también aconsejar, y una comunidad que cree: ingredientes simples, pero ejecutados con maestría.
No se trata de milagros ni de suerte aleatoria. Lo fascinante está en el método, en la visión del rector Diego Quiroga y un equipo empeñado en cambiar la idea de “universidad” como simplemente el lugar donde sacar un título o memorizar teorías —¡basta ya de eso!—. Aquí, la innovación es pilar central: se respira en los pasillos, se discute en cafeterías, cruza las puertas de los talleres y termina transformando la vida de quienes se atreven a participar.
“La universidad ya no solo forma profesionales, también forma creadores de empresas listos para el mundo real”
Pues, como todo movimiento importante, esto no salió de la nada. Lleva años formándose y encontrando aliados valiosos, dentro y fuera del campus. Y aunque todavía estamos lejos de la euforia del Silicon Valley de las películas, hoy en Ecuador la conversación sobre emprendimiento universitario es distinta. La diferencia no solo la marca el monto de la valoración, sino la idea misma de quién puede ser agente de cambio. Antes, muchos pensaban que el talento joven tenía que migrar o irse a los grandes centros de innovación internacional para codearse con los mejores. Ahora van cambiando las preguntas: ¿qué falta aquí para igualar esas condiciones?, ¿cómo ponemos todo de nuestra parte para que las cosas sucedan sin depender de un billete de avión?
Y lo atractivo de todo esto —lo que realmente mueve la aguja— es el ejemplo. Cuando sale la noticia de que cinco startups han salido disparadas al mercado, rompiendo la apatía y la idea de que las cosas tardan años en avanzar, el mensaje cala. Otros jóvenes, en otras universidades, comienzan a preguntarse “¿y por qué no lo intentamos nosotros también?”. El efecto contagio es real y potente.
NestLab no opera solo. Trabaja en una red donde la academia se cruza con el sector privado, donde la universidad deja de ser burbuja y se convierte en plaza pública para experimentar, errar y triunfar (o aprender rápido del error). Esa convivencia entre saber y hacer —en vez de tratarlos como mundos rivales— ya está dejando huella. Y lo más sabroso de mirar un ecosistema creciendo es ver la diversidad de proyectos: desde tecnología aplicada hasta soluciones sociales, pasando por innovación en salud, energía o servicios digitales.
En resumen: el ecosistema de innovación universitaria en Ecuador vive un momento dulce que, si se cuida, puede elevar la vara no solo para las próximas generaciones de estudiantes y emprendedores, sino para toda América Latina. Lo que está haciendo NestLab junto a la USFQ es la chispa que invita a repensar el papel verdadero de una universidad en el siglo XXI. Ahora, la pelota está en la cancha de todos los que miran de cerca o desde lejos. ¿Seremos capaces de multiplicar el ejemplo?
NestLab USFQ: Transformando la educación universitaria en emprendimiento real
Hablar de NestLab USFQ lleva inevitablemente a preguntarse: ¿en qué momento la universidad dejó de ser solo el sitio donde se repiten teorías para convertirse en el cerebro—y músculo—de la innovación universitaria en Ecuador? No es solo coser y cantar. Tampoco basta con armar laboratorios y gastar en tecnología. Lo vital aquí es la visión, y eso, la USFQ lo tiene claro. Al mirar por dentro el proceso de transformación educativa que vive la San Francisco de Quito sorprende ver cómo lo que antes se aprendía con libros hoy se convierte en prototipo, MVP y, un parpadeo después, en empresa lista para levantar capital.
Bajo el liderazgo de Diego Quiroga la cosa no se quedó en discursos de papel. Quiroga y su equipo apostaron todo a un modelo donde aprender y hacer van de la mano, casi como si la clase magistral sucediera a la par del pitch deck y el análisis de métricas. Así, NestLab es mucho más que una sala de reuniones o un espacio “cool” de coworking: es el corazón de una metodología que fusiona el rigor académico con el arrojo del emprendimiento real.
Del aula al mercado: ¿cómo conecta NestLab el aprendizaje con la acción?
La clave está en el método. Olvídate del cliché clásico de memorizar nombres o fórmulas para pasar el examen. Aquí el desarrollo empresarial empieza con retos reales, con proyectos vivos que crecen a medida que los estudiantes descubren problemas en la calle, en empresas, en su entorno. ¿Te imaginas diseñar una solución fintech que un banco local quiere probar en serio o lanzar una app de salud que resuelve un drama cotidiano? Eso sucede en NestLab, donde la formación académica se mezcla con los desafíos del mercado como pocos espacios lo logran en Ecuador.
Voy con un ejemplo para aterrizar: supón que un grupo de alumnos de ingeniería y negocios detectan una oportunidad en energías limpias. El primer paso, en vez de quedarse en la típica maqueta para el profe, es levantar información, conectar con algún aliado del sector, validar el problema con usuarios de carne y hueso. Mientras tanto, cuentan con la mentoría de los expertos de la USFQ y la guía de aceleradoras que han llevado a la práctica el salto de idea a producto vendible. Hay networking, sí, pero también accountability (y del bueno): reciben feedback duro, revisan números, afinan el pitch, tropiezan, ajustan y vuelven a probar.
NestLab lo tiene bien calibrado. El modelo es ambicioso pero realista. Cada startup pasa por fases bien delimitadas: diagnóstico del problema, validación, construcción de MVP, prueba con clientes piloto, ajustes y búsqueda de inversión. El aula se convierte en meeting room, la presentación final en demo day frente a inversores. Y, por si fuera poco, se respira esa sensación de “aquí no hay tiempo que perder”: hay que moverse y decidir en semanas, no en años. La rapidez con la que algunas de las compañías han cogido vuelo no es fruto del azar: es resultado de una agenda marcada por hitos y aceleración constante.
“No hacemos proyectos que se guardan en cajones. Hacemos prototipos que salen al mundo a buscar clientes de verdad”
Además, hay una diferencia sutil, pero poderosa, con otros modelos más conservadores: en NestLab los errores no se castigan ni se ocultan. Son parte esencial del proceso. Si una iniciativa pincha nadie la tacha de “fracaso”; se analiza, se documenta, se comparte, porque ahí está el aprendizaje que vale oro. Es el propio ecosistema quien sale ganando cuando se comparte el “cómo no hacerlo” tanto como el “cómo triunfar”. El ambiente fomenta conversaciones abiertas y críticas constructivas, que preparan mejor a los estudiantes para enfrentarse sin miedo a la vida emprendedora fuera del campus.
Mentoría, infraestructura y comunidad: la fórmula secreta
Ahora, nada de esto pasa por generación espontánea. El secreto, dicen muchos involucrados, está en el “combo” que arma la USFQ: una red de mentores potentes (emprendedores, expertos en tecnología, gestores de fondos de inversión), una mínima burocracia que permite que las ideas no mueran de papeleo y, ojo, infraestructura de primera. Desde laboratorios de biotecnología hasta makerspaces con impresión 3D y espacios de coworking llenos de conectividad de punta. Esto baja los costos de arranque, da legitimidad y, sobre todo, contagia entusiasmo.
¿Otro diferenciador? El acceso a redes internacionales. No se trata solo de mirar a escala Ecuador. Quienes pasan por NestLab tienen la posibilidad de conectar con empresarios, fondos o aceleradoras de Latinoamérica, Europa y Estados Unidos. Muchas de las rondas de inversión iniciales para las cinco startups han surgido por estos lazos, porque en el mundo de las startups el “quién te recomienda” suele abrir más puertas que el mejor power point.
¿Por qué la metodología de NestLab funciona para el ecosistema ecuatoriano?
Si te preguntas por qué esta receta está dando tan buen resultado justo ahora, la respuesta va más allá de modas o presupuestos. El ecosistema de innovación universitaria en Ecuador estaba listo para un sacudón. Hay talento, hay ganas y había un vacío en la conexión empresa-universidad. Lo que provee NestLab es justo ese eslabón perdido: la capacidad de convertir el potencial académico en resultados empresariales medibles.
El entorno invita a los alumnos a salir del “terreno seguro”, empuja a los profesoras a repensar su rol como guías y no gurús, y acompaña a los emprendedores para que pivoteen rápido. Un dato: varios de los fundadores han coincidido en que su paso por NestLab USFQ les evitó años de ensayo y error en solitario, y les conectó con una red de apoyo que ni soñaban tener a esa edad. Esa diferencia se nota, no solo en la valoración sino en la actitud con la que enfrentan la competencia.
Y podríamos pensar que esto se trata solo de crear startups tecnológicas y listo, pero lo interesante es que el laboratorio también impulsa proyectos con impacto social: plataformas para salud mental, herramientas para comunidades rurales, propuestas educativas disruptivas. Todo cabe, siempre que resuelva un problema real y tenga potencial de crecimiento. Así, NestLab refuerza el mensaje de que la innovación en Ecuador no es exclusivo de la élite digital, sino: oportunidad abierta a quienes tengan coraje y hambre por aprender.
“La verdadera innovación pone a prueba lo aprendido justo donde más difícil es: en la calle, frente al usuario y con la presión del tiempo”
¿Estamos ante un nuevo estándar para la educación superior?
Mirando lo que está pasando, me cuesta pensar que vaya a haber vuelta atrás. Escuelas y universidades que sigan apostando todo a la teoría pura, sin experiencias reales de creación e iteración, muy pronto perderán relevancia para estudiantes deseosos de vivir la acción en carne propia. El modelo USFQ-NestLab marca el camino. El reto ahora es escalarlo, identificar cómo otras instituciones pueden adaptar los ingredientes claves —más allá de copiar el nombre— y buscar que la transformación educativa también signifique más oportunidades para el país.
Si algo demuestra NestLab es que el aprendizaje tiene sentido cuando el incentivo es solucionar problemas, no solo memorizar respuestas. Esa es la auténtica innovación universitaria en Ecuador. Y, si me preguntas, el mayor valor no está solo en el dinero levantado o en la rapidez del proceso sino en la nueva mentalidad que se está sembrando: una generación que no teme construir, fallar o reinventar. Universitarios que no esperan a graduarse para crear, sino que aprenden haciéndolo. Es ese cambio cultural el que, al final del día, termina levantando la vara —y las expectativas— para todos.
Resultados reales: Las startups de NestLab y el nuevo rostro del talento ecuatoriano
Ahora vamos al grano: ¿qué impacto está generando NestLab en la innovación universitaria en Ecuador? Porque sí, todo suena inspirador y disruptivo, pero detrás del discurso hay algo más jugoso: dinero, puestos de trabajo y visibilidad real para los proyectos. Cinco startups, cinco historias singulares, pero un punto en común: juntas valen nada menos que 1,5 millones de dólares y han emergido en apenas unos meses de trabajo. Te lo digo como lo veo: esto ya no es solo “prueba piloto”, esto sienta precedente y empieza a cambiar el relato sobre el talento ecuatoriano.
Cuando hace un par de años alguien hablaba de emprender desde una universidad ecuatoriana, lo más común era el escepticismo. Pero los rostros de quienes salen hoy graduados de NestLab USFQ cuentan otra historia. ¿Por qué? Porque, por primera vez, hay una referencia concreta y medible del potencial que se abre cuando la fórmula incluye mentoría de alto nivel, recursos bien usados, red de contactos internacionales y—esto es clave—libertad para probar (y fallar) sin miedo al juicio.
¿Qué significa una valoración de US$1,5 millones para cinco startups universitarias?
Aquí no estamos hablando de compañías en papel, ni de prototipos decorativos para el currículo. Estamos hablando de empresas vivas que ya han cerrado rondas iniciales de inversión, firmado acuerdos comerciales, llegado a mercados nuevos y, en al menos dos casos, generando ventas a nivel nacional. Lo interesante de esa valoración conjunta de 1,5 millones de dólares ni siquiera es el número puro (aunque, admito, impresiona), sino la velocidad y la consistencia con la que estos equipos han movido la aguja.
- Tiempo récord: Cada startup alcanzó su punto de validación y valorización en menos de un año desde que arrancó el proceso de incubación. Eso en América Latina es poco habitual, ya que la mayoría de ecosistemas regionales enfrenta barreras: burocracia, falta de acceso a inversión o simples trabas administrativas que frenan el crecimiento. Aquí, NestLab ha hecho el trabajo pesado de limpiar el camino y habilitar recursos donde hacía falta correr.
- Calidad sobre cantidad: No se trata de lanzar decenas de proyectos esperando que alguno triunfe por azar. Se han priorizado equipos con potencial medible, problemas reales, modelos de negocio validados y acceso a usuarios desde el día uno. Esto explica por qué cada startup ha logrado captar interés, primero de inversores locales y, en dos casos, de fondos internacionales.
- Nuevas audiencias y mercados: Lo innovador no está solo en el sector—algunas startups están en biotecnología, otras fintech, otras en soluciones sociales—, sino en la capacidad de adaptarse a diferentes públicos y pivotear rápido para aprovechar brechas de mercado que antes se ignoraban por falta de músculo.
“Lograr una startup viable en menos de un año es posible cuando el entorno apuesta en serio por el emprendedor”
El mensaje para quienes miran desde fuera es claro: la innovación universitaria en Ecuador ya tiene rostro propio y números que la respaldan. Esta es una noticia que empieza a rebotar no solo en medios especializados, sino en la comunidad inversora regional y en universidades que quieren saber cuál es la “receta NestLab”. Lo que para otros aún parece utopía, aquí es un modelo educativo probado que integra a profesores, empresarios, estudiantes y mentores en torno a una meta: crear empresas de impacto, y rápido.
El efecto multiplicador: ¿qué representa esto para el país?
Vamos a lo que importa: ¿por qué la valoración y el éxito de estas startups resultan relevantes fuera del campus de la USFQ? Primero, porque demuestran que el talento ecuatoriano compite en la misma liga que emprendedores de otros ecosistemas más consolidados de la región. Segundo, porque empieza a darse un cambio cultural: muchos jóvenes dejan de ver el emprendimiento como el “plan B” o la opción forzada, y empiezan a valorarlo como ruta viable de creación de valor.
Muchos de estos fundadores, que apenas hace meses se debatían entre la tesis de grado o las horas extra en clases, hoy marcan tendencia; aparecen en listas de innovadores menores de 30, se codean con referentes internacionales del sector y cuentan con la confianza de inversores ávidos de “la próxima historia de éxito desde Ecuador”. Si hace diez años era impensable exportar startups desde universidades ecuatorianas, hoy el dato de cinco nuevas empresas valoradas en millones trasciende las fronteras: da visibilidad al país y crea un efecto contagio dentro del propio sistema educativo.
- Inspiración para otras universidades: Hay decanos y profesores de otras instituciones preguntando cómo adaptar este modelo y lograr validaciones similares.
- Vínculo con el sector privado: Empresas consolidadas buscan alianzas porque ven en NestLab una fuente de talento fresco y soluciones de negocio listas para escalar.
- Atención internacional: Algunos fondos de capital de riesgo y aceleradoras regionales han identificado a Ecuador como “nuevo jugador” en el tablero de la innovación, algo impensado hasta hace poco.
“Lo que logran cinco startups universitarias en meses puede cambiar el destino de una región por años”
Eso no quiere decir que la ecuación sea sencilla. Cada empresa emergente ha tenido que enfrentar pruebas de validación dura: prototipos que no funcionaron a la primera, usuarios reticentes, feedback intenso y—cómo no—el eterno desafío de conseguir financiación en un país donde el acceso al capital sigue siendo complicado. Aquí la diferencia es que el fracaso no se penaliza, se aprende y se capitaliza. La comunidad de NestLab USFQ está tan entrenada en celebrar aciertos como en diseccionar obstáculos, algo que, a largo plazo, aporta resiliencia y madurez a todos los que participan.
¿Por qué estos resultados importan para el futuro de la innovación en Ecuador?
Porque sientan nueva base de referencia. Durante años, buena parte de los programas universitarios en Ecuador se centraban en la transferencia de conocimiento, pero ese “puente” hacia el mercado estaba ausente o mal construido. Hoy, con la guía de proyectos como los de NestLab, ese puente ya existe (y es transitado a diario). Hay evidencias: contratos cerrados, clientes reales, datos de ventas y una generación menos temerosa de equivocarse.
Para muchos inversores, lo importante no es solo el crecimiento acelerado, sino la calidad de las startups en temas de innovación: modelos sostenibles, disrupción en salud, tecnologías verdes, plataformas para educación o integración social. Cada proyecto validado ayuda a ampliar la percepción de lo que Ecuador puede aportar, más allá de sus industrias tradicionales. Y como este impulso de la innovación universitaria se mete cada vez más en el ADN de la USFQ, otras facultades ya están pidiendo replicar el esquema NestLab en nuevas áreas.
- Empleo: Algunas de las startups han creado puestos de trabajo formales para estudiantes o graduados recientes, ayudando a reducir el típico “bache” tras la graduación.
- Conexión global: Se han abierto puertas a ferias y eventos internacionales, donde ya se reconoce el sello USFQ-NestLab como sinónimo de proyectos confiables.
- Desarrollo local: Varios servicios o productos nacidos del laboratorio ya están impactando a segmentos de la sociedad que antes carecían de soluciones efectivas.
“Celebramos inversiones, pero sobre todo celebramos impacto: el valor generado en la vida real”
Lo disruptivo aquí no es solo que existan historias de éxito, sino la rapidez del proceso y el efecto multiplicador en la cultura universitaria. Hoy el reto es asegurar que el ciclo no se corte; que los egresados sientan que pueden volver como mentores, que el capital vuelva a reinyectarse en la próxima generación de startups y que la conversación sobre innovación universitaria nunca se enfríe. Cuando una comunidad genera resultados, atrae nuevos jugadores, gana recursos y multiplica sus posibilidades de éxito.
En resumen: lo que se está logrando en NestLab USFQ ya está cambiando no solo vidas, sino la percepción internacional sobre el valor del ecosistema de innovación universitaria ecuatoriano. Si me preguntan, las cifras y casos de éxito apenas son la primera página de una historia mucho más larga que pone a Ecuador, de verdad y por méritos propios, en el mapa de la innovación regional. El desafío siguiente: mantener el ritmo, aprender de los tropiezos, y convencer a otros de que ya no hace falta ir tan lejos para cambiar las reglas del juego.
“Un solo caso de éxito cambia narrativas, pero cuando cinco startups abren camino, el cambio ya es irreversible.”
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¿Listo para impulsar tu propia startup desde la universidad?
¿Cómo replicar la fórmula de NestLab y acelerar la innovación universitaria en Ecuador?
Llegó el momento de mirar más allá del caso USFQ-NestLab y preguntarnos: ¿cómo podemos multiplicar este modelo exitoso en otras universidades del país? Y, ojo, no estamos hablando de copiar y pegar sin criterio. El reto real es adaptar los ingredientes clave al contexto, evitando morder el anzuelo del “powerpoint bonito” que luego no pisa tierra.
Aquí va la primera gran pregunta que tanto docentes como rectores —y quienes diseñan política pública— deberían hacerse: ¿qué incentivos requieren las universidades para crear verdaderas incubadoras de innovación? Desde mi experiencia como formador y consultor, veo que el primer paso no es la infraestructura, sino la mentalidad institucional. Hay que derrumbar el mito del profe-ponencia-reporte y abrir paso a una cultura donde el error se tolere (y se premie, si enseña algo), donde los egresados sean embajadores activos y no solo números para las hojas de registro.
En cuanto a recursos, hace falta repensar cómo y a quién se apoya. ¿Tiene más sentido repartir fondos entre muchos equipos en fase idea, o priorizar unos pocos proyectos realmente validados, capaces de llegar a mercado? Mi apuesta: seguir lo que hace NestLab, apostar por calidad y seguimiento real. No todo proyecto será “el próximo unicornio”, pero cada iteración suma para el ecosistema. Las instituciones que dediquen recursos a mentoría real, acceso a redes y laboratorios vivos verán retornos, no necesariamente en dólares de inmediato, sino en reputación, atracción de talento e innovación sostenible.
¿Qué políticas públicas pueden escalar este tipo de éxitos?
Vamos un poco más arriba. El Estado tiene un papel claro: facilitar la transferencia de conocimiento entre academia y empresas. Hacen falta incentivos fiscales para universidades que incuban startups, apoyo directo a fondos semilla, desburocratizar trámites para la creación de compañías por estudiantes y, por supuesto, alinear la educación superior con el mercado laboral real.
¿Un ejemplo bien concreto? Crear leyes que permitan contratos de prácticas flexibles donde los alumnos no solo “hacen pasantías”, sino contribuyen a empresas en fase temprana con un porcentaje de propiedad intelectual compartida. Así, todos ganan y el incentivo se multiplica. Además, fomentar hackatones abiertos, competencias inter-universitarias y la presencia directa de inversores y empresas en el campus. Cuando los chicos y chicas ven que “afuera hay público”, el nivel sube solo.
Tenemos que quitarnos el miedo a los modelos mixtos. América Latina suele desconfiar de la colaboración abierta entre lo público y lo privado, pero si algo demuestra la historia reciente es que los ecosistemas fuertes se construyen en red. Oportunidades reales para co-desarrollar soluciones, becas especiales para quienes funden startups con impacto social, premios por innovación aplicada… opciones hay muchas, solo falta energía y menos papeleo.
¿Y cómo salto yo al carro si no soy la USFQ?
Tranquilo, nadie pide hacer un “NestLab 2.0” de la noche a la mañana. Mi consejo, si tienes influencia en una universidad, es observar y preguntarte: ¿qué aliados locales tengo cerca? ¿Hay empresarios egresados dispuestos a ser mentores? ¿Se puede abrir al menos un espacio semilla donde prototipar y equivocarse sin miedo? Arrancar pequeño y sumar a otros en el camino funciona mejor que el programa inflado que nunca se lleva a la práctica.
- Invita a la comunidad local: Centros de investigación, ONGs y empresas tecnológicas suelen estar hambrientas de talento fresco. Busca su apoyo, incluso con microdesafíos o mentorías cortas.
- Sé flexible en la docencia: Premia a quienes experimentan en clase y logran resultados tangibles, aunque no sean “perfectos” de entrada. Las mejores startups del mundo salieron de ideas que nadie entendía al principio.
- Usa la red: Si no puedes acceder a fondos internacionales, moviliza a tu comunidad de exalumnos. Hay mucho conocimiento y contactos latentes si se sabe pedir bien.
“Replicar la innovación universitaria pasa por más apertura y menos miedo al desorden controlado.”
¿Cuál es la meta? Un Ecuador que inove con su propia voz
No busquemos solo ser la copia low-cost de Silicon Valley ni vender la imagen de “exportadores de talento” para el extranjero. El verdadero futuro de la innovación en Ecuador pasa porque las universidades se atrevan a crear puentes entre academia, empresa, Estado, ONGs y la sociedad civil. Que el alumno, la profesora o el empresario local sientan que innovar vale la pena porque hay espacio y aliados.
Y, por cierto, el cambio empieza desde la acción individual. Valoramos los grandes planes, pero a veces la solución está en armar la primera mesa de trabajo, pedir ayuda, abrir la puerta a ideas raras y probar, probar, probar.
NestLab es la muestra de que sí se puede. Hoy, más que aplaudir, toca redoblar la apuesta: replicar, acelerar, ajustar e invitar a más voces a sumar. ¿Te animas? Porque el siguiente gran caso de éxito bien puede salir de tu universidad, o incluso de tu propio esfuerzo y tu equipo.

Sergio Jiménez Mazure
Especialista en Inteligencia Artificial y Automatización B2B. Fundador de Innovación IA, dedicado a ayudar a empresas a integrar tecnologías cognitivas para maximizar su eficiencia operativa.